Lana del Rey, que no la reina, en Bcn

Lana del Rey lo tenía difícil conmigo tras haber vivido el espectacular concierto de Roger Waters solo unos diítas antes. Sin embargo, consciente de que uno debe medir con los estándares adecuados en cada situación, me dirigí al concierto de la americana con el previo ejercicio de abrir la mente y ser muy indulgente.

Que los primeros conciertos de Lanita eran un despropósito no es ningún secreto. Pero seis años han pasado ya desde que empezara a convertirse en una figura conocida, tiempo suficiente para aprender a cantar, que ya es algo. De hecho, es mucho. Pero ahí queda la cosa. Lana canta. Lana sabe coordinar, en ocasiones, movimientos con música. But that’s about it. 

Lana del Rey

Tuvieron que pasar 10 canciones hasta que aquí mi alma cándida se adentrara y conectara levemente con lo que estaba sucediendo en ese escenario con ese montaje de especie de playa selvática, en el que cuando Lana se tumbaba, surgían berridos de los fans más hardcore. Esa especie de hippie-colgaos con diadema de flores y los que, por alguna razón, han entrado en esa mística setentera extraña que gasta Lana, mística química incluida, sobre todo en pista. Las gradas las medio-ocuparían, además de fans de la especie suelto-berridos-a-cada-contoneo-de-Lana, parejas que, quién sabe puede que escuchen su música como antaño se escuchaba a Marvin Gaye. Y ahí lo dejo.

Lana del Rey venía a presentar su quinto disco, para nada el mejor de su carrera. Pero poco importa, porque en ausencia de evolución musical, se hace difícil situar las canciones en los álbumes. Eso poco importa cuando decides ponerla en loop en casa (been there, done that), sobre todo cuando te da por autoflagelarte en el sentido sano de la palabra (si es que lo tiene) para no parar de llorar hasta la catarsis (sobre todo con ‘Ride’, oh my!). Pero aún estoy esperando experimentar algún tipo de emoción del estilo proviniente de la puesta en escena o de la actuación de ayer. El bótox no ayuda. Las inyecciones de colágeno tampoco. Muñequitas guapas del mundo, that is not the way. Los reverb, ayudan menos aún.  Potencial lo había, sobre todo con un set list que incluso contemplaba ‘Lust for Life’, la colaboración con The Weeknd y no olvidaba ninguna de mis preferidas (‘Summertime Sadness’, ‘Young And Beautiful’, ‘West Coast’ y ‘Ultraviolence’). Pero ahí quedó la cosa. Son temas que marcan en disco, contenedores de un dramatismo en mayúsculas, pero ese dramatismo solo se pudo vislumbrar allá a lo lejos en ‘Ultraviolence’, ya casi en el cierre del espectáculo. Algo tendrá Lana con este tema que no tiene con los otros. O si no, no me explico la imperturbabilidad generalizada de Lana de este jueves y mi indiferencia como consecuencia. Cabe decir que la calidad del sonido metálico y en ocasiones con eco de un Sant Jordi con un cuarto de gradas para llenar tampoco ayudó.

No siendo de las que chillan cuando una artista se monta en un columpio o cruza las piernas montada en un taburete, no pude más que recurrir a las conexiones en mi memoria con los momentos vividos en casa al son de Lana del Rey para poder sacarle un poco de provecho a un concierto hecho a la medida de los fans, incluidos las peticiones de canción y reconocimiento al séquito que persigue a Lana venidos desde California y Chicago, y del que poco más se puede salvar.

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