¡Oh, Lorde! ¡Qué bella es Ella!

Lorde aterrizaba por primera vez en Barcelona este año, tras esquivarnos en la gira de su álbum debut, Pure Heroine. La que escribe tenía la esperanza de que viniera entonces ni que fuera a una Apolo, como hizo la también kiwi Kimbra, pero no fue así. Sus seguidores, no obstante, vieron cumplido su sueño este pasado lunes en el Sant Jordi Club, con un show de presentación de Melodrama. Un espectáculo de una hora y media que resultó a poco, pues un concierto excelente sin necesidad de parafernalias superfluas siempre sabe a aperitivo solamente.

Lorde

A punto de cumplir los 21 (como gran parte de su público), si algo me impactó nada más verla entrar en el escenario es lo bella que es Ella Marija Lani Yelich-O’Connor. ¡Oh Lorde! Por otra parte, cualquier temor que pudiera tener de exceso de influencia de su ya no tan amiga Taylor Swift se desvaneció viéndola bailar con su peculiar estilo, con una amplia sonrisa permanente, un vigor constante y un emotivo parlamento, dirigido no solo a los fans del lugar sino también a todo aquél que, como ella, en algún sentido se ha sentido o bien demasiado, o bien demasiado poco, como bien explica en su segundo álbum, Melodrama. 

La escenografía, sencilla: un televisor un pelín demasiado cerca del suelo que marcaba los interludios del concierto, unas luces a modo de ramal de flores que combinaron perfectamente con los girasoles gigantes que le proveyeron unos asistentes y dos bailarinas destacables pero que poco interactuaban con Lorde. Hubo también tres cambios de vestuario siempre muy en la línea de Lorde: un traje chaqueta negro que para nada refleja la figura que se percibe de la cantante en televisión, un vestido fresco blanco y lentejuelas variadas para el fin de fiesta. Un fin de fiesta que dejó al público con la certeza de haber presenciado un espectáculo fresco a la vez que estudiado y con una calidad destacable que no hace más que confirmar que Lorde tendrá solo dos álbumes, por el momento, pero su talento promete una carrera extensa, lejos de ser un fenómeno de usar y tirar.

Voy de frente cuando reconozco que la dificultad vocal de los temas de Lorde no es equiparable a las competiciones de deportista de élite, pero ello no desmerece ni su calidad vocal, ni su puesta en escena, ni su profesionalidad con el loop. Aun con una producción y calidad sonora cuidada, el Sant Jordi Club amilanó quizás los silencios que aportan fuerza y efecto “momentum”, especialmente en Melodrama, pero todo ello pasó desapercibido para el público, en todo momento entregado, respetuoso y conocedor del mundo Lorde. Efectivamente, no hubo sold-out, pero los allí presentes saben que Lorde no entra fácilmente, pero cuando entra, lo hace para quedarse.

No puedo darle más que las gracias por empezar con “Homemade Dynamite”, que aquí la que escribe había tenido todo el santo día martilleándole el cerebro. Muerto y dinamitado el tema, Dy-dy-dy-dynamite dio paso a, ¡oh Lorde!, la inesperada “Magnets“, con la que colaboró en el último álbum de Disclosure. Si la noche era evidente que había empezado por todo lo alto, los ánimos no bajarían en ningún momento. Puede que echara de menos la hunger-gamesiana “Yellow Flicker Beat”, cuya impactante interpretación en los AMAs del 2014 le dio motivos de sobra a David Bowie para decirle a Ella que estaba (y está) en el buen camino, a pesar de (o además de por gracia de) su descoordinación corporal tan genuinamente Lorde. No obstante, no me puedo quejar de la presencia de “Sober”, “Green Light” (con confeti de “Melodrama Forever” incluido), “Buzzcut Season” (mi preferida, de lejos, del álbum debut), “Liability” o la más-que-trallada “Royals”. Si no sales de un concierto pensando que le has encontrado una nueva lectura a algún tema, algo (malo) pasa. Nuevamente, no fue el caso: lo acartonado de “The Louvre” pasó totalmente desapercibido para dar lugar a un tema que, sin duda, creó una burbuja sonora y clamorosa en el recinto, como lo hizo también “Perfect Places”.

No sabemos si el Sant Jordi Club fue un “perfect place” para Lorde pero, sin duda, lo fue para lo que ha sido uno de los mejores conciertos de este año en la Ciudad Condal. ¡Oh, Lorde!

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Enormes Foster the People en Razzmatazz

Lo mejor de ir a un concierto sin expectativas (y sin haber investigado para nada el directo del grupo en cuestión) es que te puedes llevar una sorpresa. Es más, te puedes llevar una grata sorpresa.  Tan grata como la del concierto de presentación del tercer trabajo de Foster the People, Sacred Hearts Club, del que salí diciendo: ¡Enormes Foster the People!

foster the people

Foster the People, siguiendo la moda de sacar adelantos de álbumes aún por publicar (Sacred Hearts Club saldrá el próximo 30 de julio), han hecho ya cuatro adelantos del álbum (si es que el EP III lo es también), uno de los cuales, ‘Loyal Like Sid & Nancy’, sirvió como pistoletazo para el inicio del concierto. Se atrevieron también con III al completo. Una lista equilibrada, con lo más representativo de los dos álbumes anteriores (Torches, 2011; Supermodel, 2014), en la que tampoco faltó un tema favorito por muchos del Supermodel (‘Coming Of Age’), y otros éxitos de su álbum debut, como son ‘Houdini’, ‘Don’t Stop’ y la archiconocida ‘Pumped Up Kicks’, de la que te das cuenta una vez más que porque sea la más famosa no tiene que ser tampoco la más representativa de la banda musicalmente hablando. No obstante, los temas de Foster the People “engañan”, pues bajo la aparente alegría y energía melódica se esconden críticas sociales contundentes, como es la del tema de marras y el mensaje que lanzó Mark Foster hacia el final del concierto.

Y hablando de Mark Foster (y obviando otros aspectos como luces y puesta en escena, pues un Razz da para lo que da y lo que da lo aprovecharon bien)… ¿es políticamente correcto decir que es el p*t* amo? ¿Me dejáis? Pues, ea. El tema es que hace nada que he hecho un curso de liderazgo y comunicación en el aula en el que se hacían paralelismos con estilos distintos de directores de orquesta. Esto es lo que me lleva a decir, aunque aplicado a un contexto distinto, que el joven de 33 años merece el título de Mark-the-Fucking-Boss-Foster. Como cualquier buen líder, es asertivo sin ser excesivamente autoritario. Además, disfruta como un niño en el escenario, lo que invita a la motivación del resto de la banda. Reconoce los talentos ajenos y los destaca en su justa medida a la vez que intenta que pasen desapercibidas las flaquezas (un botón del teclista desconectado por descuido ajeno). Su expresión inicial puede que sea un pelín seria sin llegar a la mala leche, ya que lo que transmite es una confianza exacerbada en lo que hace. No es tampoco para nada disonante con la del resto de miembros y es maleable a la situación, comunicando así su acercamiento al público a la vez que se mantenía en su isla interpretativa. Su autoridad jerárquica (para algo es el frontman) y de conocimiento se justifican con su trabajo de compositor y su calidad vocal, con la que no escatima ningún esfuerzo. Sobre su disposición, pues bien, solo hacía falta ver el sudor fruto de la pasión puesta en cada una de las frases melódicas y en el control del conjunto para ver que su disposición va más allá de montar un espectáculo e irse para casa, que mañana será otro día. Pero para mí, lo más importante de todo y que destaco de Mark Foster es que comparte una meta común con la del resto de miembros de su banda (además de seguir ganándose el pan, claro está): ofrecer un espectáculo robusto, contundente, de una maquinaria perfecta, con un trabajo detrás que no es de un día ni de dos, dejando espacio para el disfrute grupal y para la creatividad individual, dotando así a los miembros de Foster the People de una labor con significado global. Lo dicho: ENORMES.

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Escuchando Elefantes presentan Hope en la Continental

Que un grupo telonero te llame tanto la atención como para querer saber más de ellos ya es un mérito de por sí. Y más después de verlos solo unos diez minutos, pues no sabía que uno de mis cantautores favoritos, Glen Hansard, los llevaba de teloneros. Así pues, tres fueron los temas que hicieron decidirme ir a ver Escuchando Elefantes el pasado sábado en la Continental de Barcelona, sala de distribución kafkiana donde las haya.

escuchando elefantes

Escuchando Elefantes son un dúo de músicos callejeros de folk-rock formado por los gallegos Sílvia Rábade y Carlos Tajes y que acumulan en su CV, además de tres álbumes (la gira actual es de la presentación de su tercer álbum, Hope), el haber actuado junto a otros de músicos conocidos irlandeses como son, además de Glen Hansard, Bono, Damien Rice o Sinéad O’Connor.

Este dúo se caracteriza por su espíritu de cantautor callejero y se vale de solo dos instrumentos, batería y guitarra eléctrica (y sus correspondientes variantes, a veces alternándose entre ellos) para la ejecución de su repertorio en directo. De Escuchando Elefantes destacamos la voz de Sílvia y lo bien que empasta con la de Carlos, además de su sentido del humor y humildad. Todo ello se percibió nada más empezar su actuación, que abrieron con ‘Under The Sun’. Sus temas, en inglés, no son para nada tan melancólicos como los de un Angus y Julia Stone, por ofrecer algún paralelismo, pero pueden llegar a tocar y emocionar, como le ocurrió a la que escribe nada más empezar el cuarto tema de la noche, ‘Over’.

Si algo tienen los locales pequeños es la sensación de cercanía que se puede crear casi instantáneamente para con el público, sensación que, al parecer, no están tan acostumbrados a fomentar en las redes sociales (dixit el propio dúo). Silvia y Carlos, no obstante, la mostraron en persona en numerosos momentos, empezando por  el sondeo de porcentaje de gallegos en la sala y quiénes habíamos estado en el concierto de Glansard, y continuando por homenajear (u ojomenear, quizás) al fan pesado de Instagram que reclamaba un tema, ‘James’, del que resultó no saberse la letra. Y sí, efectivamente, sí, había alguien tomando notas para una “review”, como se preguntaba Carlos, y estaba situada en donde supuestamente peor se oía el concierto. Esa alguien era yo, mismamente. Encantada, Carlos.

La sensación de cercanía se potenció también cuando, volviendo a sus orígenes, el dúo quiso interpretar en acústico, entre los cuales incluyeron, además de ‘Sing Me A Song’, una versión de ‘Bohemian Rhapsody’ de Queen de la que quizás fue un pelín ambicioso querer rendirle homenaje con una versión medio-improvisada, como tampoco parecían acabarse de entender Carlos y Silvia en los falsos finales de ‘There Will Be Joy’. Nada más allá de un lapsus que supieron arreglar con celeridad.  Si algo tienen sus referentes también, es hacer participar al público en los diálogos, cosa que no faltó, como en los coros, previa lección exprés. Fue así cómo cerrarían la parte principal del concierto con ‘Burning Down The House’ y con un buen sabor de boca que dejaron al cerrar la noche con ‘The Rain’ tras hora y media de actuación.

De la calidad del sonido no nos vamos a quejar. De hecho, de negativo solo diría que no se entendía a Silvia cuando hablaba, pero por lo demás, todo correcto. De lo que sí me vais a dejar protestar es de la sala en sí, cuya escalera de salida de emergencia entre el público y el escenario por una parte y la barra de considerable tamaño situada en diagonal que ocupa gran parte de la sala dejando, a su vez, esquinas ciegas con la columna bloqueadora de cortesía hacían casi imposible ver nada de lo que estaba ocurriendo en el escenario más allá de la tercera fila. Las pantallas de televisión retransmitiendo el concierto salvaban la situación a la par que aumentaban el surrealismo de la cuestión. Es precisamente por la sala donde tuvo lugar el concierto que me encuentro en estos momentos a punto de publicar esta crónica y no de fiesta viendo a los Julieta Jones, que seguro que están a punto de petarlo allí mismo. Y mira que tenía ganas ir a verlos. Pero, qué queréis que os diga: en retrospectiva, hubiera preferido invertir los 10€ de la entrada de Escuchando Elefantes en otra sala, y por eso me espero a ver a los Julieta más adelante. Otra vez será.

Sea como sea, Escuchando Elefantes, valgan 10€, valgan más sus entradas, bien se merecen una visita por alguno de sus conciertos, ya sea en la calle o en locales pequeñitos, como les gusta a ellos, ya sea en un festi, aunque no les motive tanto la idea pero con un mínimo de visibilidad garantizada. Sea como sea, verlos fue un fantástico regalo de cumpleaños para mí el sábado pasado. El plan de verlos “buskear” en Dublín en Nochebuena con Hansard y Bono es también, cómo no, algo a considerar como regalo de Navidad original.

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Coldplay y la alegría multicolor de ‘A Head Full of Dreams’

Coldplay convierte indiscutiblemente el Estadi Olímpic en una gran fiesta multitudinaria, vitalista y multicolor.

coldplay a head

Una última vuelta de tuerca al tour de Mylo Xyloto. Así podríamos definir la gira A Head Full of Dreams, que trajo el último y controvertido álbum de Coldplay e hizo vibrar a todo el Estadi Olímpic Lluís Companys (y, según varios pajaritos, también a parte del Poble Sec y el Raval) durante la noche del jueves y del viernes durante dos horas.

Esta era ya la tercera vez que veía a los británicos (las anteriores fueron para el X&Y en el Sant Jordi y para el Mylo Xyloto en el Calderón tras incomprensiblemente – o no, ya que estaba en plena tesis y vivía en un mundo paralelo –  perderme el de Viva la Vida or Death and All His Friends, en el Olímpic en el 2009), por lo que mis expectativas fundadas eran altas en algunos aspectos y no tan optimistas en otros. Además, empecé mal el día en relación al concierto: unos cambios de última hora hicieron que mi ilusión por el evento bajara a menos mil y el retraso en la coordinación en la hora de entrada hizo que todo lo que viera fuera a través de pantalla. Nota para futuros acompañantes: Mª del Mar, aquí la moi, es a) de máximo segunda gradería; b) de primeras filas aunque haga falta hacer cola durante horas; c) de ultimísima fila, en que el ángulo y distancia respecto de las cabezas de delante te permite verlo todo. Cualquier otra opción que contemple sucedáneos o medias tintas queda directamente descartada. Vaya por delante también que asistí al concierto del jueves y que fuentes fiables me han confirmado que el del viernes estuvo mejor en cuestión de calidad sonora.

A lo que iba, pues. Las expectativas de grado medio, partiendo de la experiencia previa, se debían, precisamente, a Chris Martin: un gran líder de banda, sin duda, pero con una voz que no es nada del otro jueves aunque por fin haya aprendido que no por mucho estirar el cuello se llega a las notas altas. Líder que no es la primera vez ni la última que para un tema en medio de un concierto porque no sabe por dónde va (efectivamente, volvió a pasar). Las altas: el espectáculo en sí, pues Coldplay han ido in crescendo en ese aspecto (exceptuando la mini-gira del paréntesis de “¡Ah, qué lamentosos son los efectos del pasado en el presente y del amor incondicional!” que se gastaban en el mini-tour con Ghost Stories, publicado en 2014), convirtiéndose así en una banda capaz de hacer vibrar un estadio lleno hasta la bandera como es el Olímpic en masa, al unísono, cantando y bailando como si no hubiera mañana tal que fiesta de la alegría y la felicidad, ah ah ah ah. Todo ello, gracias a cuatro elementos clave: 1) unos temas cada vez más y más bailables, aunque no por ello de mejor calidad que los anteriores o que sus paralelos en otras bandas actuales, ni mucho menos; 2) la disposición del escenario en varias unidades con su correspondiente pasarela; 3) un espectáculo lumínico y audiovisual que quita el hipo; y 4) la interactividad -que no tanto interacción por mucho castellano que hablara Martin (Gwyneth Paltrow hizo los deberes como tícher) – a través de las pulseras lumínicas y sonoras, recurso ya utilizado por la banda anteriormente.

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Efectivamente, esta es la gira de A Head Full of Dreams (2015), ese álbum en que cualquier rastro del Coldplay de Parachutes (2000), A Rush of Blood to the Head (2002) y X&Y  (2005) desaparece casi que por completo para hacer que Coldplay se convierta en un grupo con temas pop ultrapegadizos, de estructura predecible y muchísima más producción que en obras anteriores. Producción que se trasladaría en música enlatada para el directo, pues cuatro músicos en el escenario dan para lo que dan. Para los más puristas y fervientes defensores de los primeros álbumes de Coldplay, este último álbum es un truño de álbum regularcín pero que, escuchados todos los álbumes de la banda en conjunto (sí, es a lo que me he dedicado hoy antes de ponerme a escribir esto), se explica como una evolución lógica aunque no por ello completamente sensata. Hasta que lo vives en directo y aprehendes que veinte años de carrera dan para mucho cambio, colaboraciones y adaptación a los tiempos incluidas. Asimilas también que si tu objetivo es darle de comer a tus hijos y a los de la gente que trabaja para ti manteniendo o superando el listón conseguido en giras anteriores, tienes que llenar estadios manteniéndote atractivo para un público que abarque tanto a tus fans de siempre como a los nuevos jóvenes. Y en ese contexto, el pop que han ido incorporando Coldplay progresivamente o cualquier variante rock is the way to go. Me pregunto si Coldplay hubieran sido capaces de llenar un Estadi Olímpic dos noches seguidas con 7 álbumes del estilo de sus dos primeros sin que decayera el ritmo. Y me aventuro y oso decir que la respuesta es un no rotundo. Además, Coldplay se presentan en este tour con un set list orquestado de manera tal que no da lugar a ningún bajón aun tocando, a petición del público ‘Don’t Panic‘ o ‘Trouble, ambas de Parachutes (ains, que tendría que haber ido el viernes para esta joyita)… hasta que la banda se tiene que trasladar a otro mini-escenario y se produce el silencio en uno de los traslados. ¡Craso error! No obstante, y de aquí también el éxito de las plataformas, los miembros de Coldplay se mostraron unidos y cercanos al público en estas plataformas, aunque no tanto en el escenario, de grandes dimensiones pero que veía a Will Champion, Jonny Buckland, al guapérrimo de Guy Berryman y a Chris Martin cuando no le daba por la vena saltimbanqui-planeador, apelotonados, y casi estáticos, a lo que ya nos tienen acostumbrados. Salvo estos menos y el sonido amortiguado de las primeras frases musicales que sonaron el jueves y que me encogieron el estómago temiendo su eternización o la repetición de lo ocurrido en el Estadi también en 2008, el ritmo no decayó.

guy berryman + other members

Y vayamos al set list, que cubrió casi todas mis necesidades básicas aunque echara de menos ‘Politik‘, ‘Lovers in Japan‘ y ‘Talk‘ o ‘Square One‘, comprendiendo y asumiendo dócilmente que el tiempo es el que es (aunque Bruce Springsteen y Damon Albarn superen las tres horas de show, ehem). Y es que me doy con un canto en los dientes de poder haber escuchado ‘The Scientist‘, ‘Magic‘ (aunque un pelín vacía), la simplona pero dulce ‘Ink‘, por supuesto ‘Charlie Brown‘ (que compensa la ausencia de ‘Lovers in Japan’), un remix de ‘Paradise‘ vía DJ Tiësto durante la que esperabas que en cualquier momento te saliera David Guetta pegando saltos por ahí y un snippet de la BonIveriana (aunque desconcertante por tratarse de Coldplay) ‘Midnight‘, que me encrespó los pelos. Me sobró, no obstante –  y no me peguéis- , ‘Heroes’ como tardío homenaje a Bowie.

Soy de las que, por más que lo intente no le encuentro la gracia al álbum A Head Full of Dreams dada su previsibilidad y, en algunos momentos, impostada frescura, por lo que no voy a celebrar sus virtudes aunque tampoco condenar que cayeran los singles, como era de esperar. Precisamente por eso, porque es del tour del que estamos hablando. Es más, diré que fueron indudablemente una pieza clave más (¿la que más?) para que fuera posible el jolgorio vivido en el Estadi por más de 50.000 personas en cada una de esas dos fechas. Abría el concierto el tema que da nombre al álbum y que aboga por tener sueños en la vida, un tema olvidable musicalmente pero que ya ponía las bases de la noche. Exceptuando  la lenta ‘Everglow‘, los demás cortes de A Head… (‘Hymn For The Weekend, la oldish-discotequera Adventure of a Lifetime con palmas espontáneas asincopadas del público y coreografía grupal, la calvinharrisiana ‘A Sky Full of Dreams‘- qué jolgorio, qué alboroto, otro perrito piloto- y el cierre con ‘Up & Up‘ como cierre a modo cool down pero no por ello menos edificante, optimista e inspiradora, no hicieron más que levantar a las masas e inyectarles una energía gravitatoria sin par. No obstante, sí que me voy a lamentar de que eso implicara también añadirle unos graves rarunos a ‘Clocks‘ que hicieron que las campanas relojiles no brillaran como las veces anteriores (¿debido también a las dimensiones del Estadi?) y un zumbido también raruno unido a una base rítmica hotchippera en ‘Fix You‘ que hizo que perdiera la esencia de la original aunque mantuviera la tan mítica carrera de Martin a lo largo de la pasarela. Me remito también a mis fuentes fiables para decir que el viernes estos dos temas recuperaron parte de su forma original.

Volviendo a los elementos clave, en cierto modo inseparables, destaco lo que da la forma y el hilo argumental a todo el espectáculo, independientemente del álbum de procedencia del tema que se esté interpretando: los visuales. El elemento que muestra ese pequeño a la vez que gran paso respecto del Mylo Xyloto, en que ya teníamos un piano “manchado” con pintura de colores que ahora da paso a un piano decorado a conciencia, la misma conciencia del diseño de vestuario y de las múltiples mandalas que se sucedían sin parar así como los diseños en 3D, los brillos y resplandores y los paisajes que quitaban la respiración. Más de un ‘ooooooooh’ al unísono se oyó ante la espectacularidad y vitalidad de los visuales que, sin duda, contribuyeron, junto a los confetis repetidos, a que incluso los temas de A Head Full of Dreams sonaran a grandes himnos (sin necesariamente serlo). Sin duda, el objetivo de Coldplay era que su público lo pasara en grande y lo lograron, puesto que, aunque su último álbum no te guste especialmente, es imposible no vivirlo al máximo en tal contexto, imaginándote estar bailando cual turista en una fiesta en la playa vestida de blanco, con falda corta vaporosa, ya sea con sandalias, ya sea descalza, y ataviada con collares de cuentas y plumas o, en su defecto, pulseras y pulseras de piel marrón trenzadas. Contribuían también a tales ‘ooooooh’, las luces y sonidos que portaban los asistentes en la pulsera distribuida en la entrada (y que se supone que es de Huelva), un recurso ya conocido por sus fans pero no por ello menos efectivo ni aburrido. Destaco también especialmente el juego de la cámara aérea de plano picado que creaba un juego fascinante con los filtros lumínicos a capas que se convertían en el falso suelo cambiante de los escenarios secundarios.

plano picado coldplay - copia

Puedo decir alto y claro que el tour A Head Full of Dreams salva el álbum y muestra fielmente la evolución, que no involución en sentido peyorativo, de Coldplay, adaptándose (¿a la vez que vendiéndose?) a las tendencias del mercado mainstream. Más allá del giro de tuerca experimentado desde el Viva la Vida y el Mylo Xyloto, cuando se le ha preguntado recientemente a Chris Martin ‘What’s next?’ ante sus declaraciones acerca de que A Head Full of Dreams suponía un punto y aparte para Coldplay, rumbo a un nuevo destino para la banda, su respuesta ha sido que harían un álbum de flamenco cantado en holandés, obviamente bromeando. Seguir en la misma línea de A Head… probablemente les crearía más detractores aún, algo a lo que no se pueden arriesgar. No obstante, viendo cómo han logrado conjugar con éxito su carrera en dos horas de concierto, me decantaría por un retorno al X&Y o al Viva la Vida o instalarme en un Mylo Xyloto que logre llenar estadios igualmente y haga vibrar y latir corazones a miles y miles de personas como pocas veces ocurre en tales eventos. Aunque, por mí, ojalá tiraran por lo experimental BonIveriano de lo que nos dieron muestra en ‘Midnight’ con toques electro, la fiesta estaría asegurada también. Sea como sea, Coldplay se confirman como una banda de estadios de manual, que se acompaña con un diseño visual espectacular y una gran maestría en el terreno interactivo/millennial acorde con su estadio generacional.

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*De telonera vi un trozo de la actuación de Lianne La Havas, que tendré que investigar…

Florence + The Machine: una crónica oficiosa

Tras mi crónica oficial del concierto de la gira How Blue en Barcelona, que escribía la madrugada del domingo y que me servía de estreno como colaboradora para Indiescretos, no sin sus más y sus menos a esas horas (gracias, Adrián, por la maquetación me being at 650 km from you), me dispongo ahora a hacer algo así como un recap oficioso de los dos conciertos de Florence + The Machine en Barcelona y Madrid.

Dos, a mí me daban dos. Con Flo, por el momento, siempre dos. Dos conciertos en 2012, dos en 2015 y dos en 2016. La primera vez que la vi, tras una sobredosis conciertil de Gotye, me autoregalé un puente de diciembre en mi queridísimo UK con Florence + The Machine en The O2 de London, luego con Gary Barlow en Manchester y otra actuación de Flo & co. en el Jaguar Hall del Ricoh Arena de Coventry. Aquí se originó en cierto modo mi decepción respecto a Florence Welch en vivo a pesar de lo que me gusta(ba)n sus dos discos publicados hasta la fecha. Salvo una broma en referencia a la temática de la muerte en las letras de sus canciones, cosa que chocaba con la presencia en The O2 de su madre, la mujer que le había dado la vida, Florence Welch hizo exactamente lo mismo tanto en un sitio como en otro: mismos gestos, mismas bromas, mismos bailes, mismo set list, mismo todo, aun tratarse de dos recintos distintos, con un cambio considerable en el aforo (de 20.000 a 10.000 aprox.)  y, evidentemente, un ambiente distinto al ser, el primero, un pit + tiered seating con pantallas y un escenario de dimensiones considerables y, el otro, un pit all-standing con un escenario modesto y, por consiguiente, menor distancia con el público. Corría la época en que las Haim, teloneras de Florence + The Machine en su paso por UK, sonaban realmente a rock con contundente percusión y no a ese pop-rock de playa surfera californiana que se gastan en su álbum debut. Por aquel entonces, Flo no desafinaba pero tampoco entonaba del todo en las notas largas: se quedaba en aquella marea indefinida en que los momentos álgidos de los temas de Lungs y Ceremonials se desdibujaban, pues la voz de Flo no aterrizaba ni en la nota que buscaba, ni en la nota original ni en la nota que realmente tendría que ser.

Verla tres años después en versión festival, acompañada yo de dos grandes amigas en su países de residencia respectivos (Portugal y Suecia) me hizo apreciar que tanto el atino vocal de Florence Welch así como su soltura sobre el escenario han mejorado con el tiempo. Pero no olvidemos que el contexto de festival, donde el horario estipulado es reducido y el escenario es el que es, hizo que las actuaciones de la banda, aunque ya apuntaban las maneras más bailables y pop de How Big, How Blue, How Beautiful, fueran eso: un show en que, efectivamente, se respira el ambiente florenciano (con su purpurina y coronas de flores correspondientes) sobre todo en las primeras filas, pero en que se actúa a preu fet, sin demasiadas oportunidades para el diálogo ni para la contextualización de canciones ni para, en algunos casos, ninguna floritura luminosa espectacular. Por no decir que no todo el público se muestra entregado, puesto que en los festivales a veces vas a ver a un grupo para llenar un hueco o para ver qué tal suena.

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Florence + The Machine en Way Out West – Göteborg 2015. Foto: Mª del Mar Suárez

Cuando comenté que iba a ver a Florence dos veces este abril, hubo quién me dijo ¿vas a ver dos veces lo mismo? Y, deep inside, pues sí, me temía que sí aunque lo viviría necesariamente de un modo distinto. Aunque el set list ha variado en ocasiones desde que el How Blue tour empezó, había algo en mí que me decía que no iba a ver ningún cambio en el set list de Barcelona a Madrid. Why? Dunno. No tendría por qué, habiendo F+TM cambiado el set list anteriormente sin que ello significara ningún mayor esfuerzo que el de ensayar el tema y ajustar las luces, puesto que todo lo demás era exactamente igual que en las actuaciones anteriores, incluso las de festival, incluyendo el backdrop y dejándose de presentar ni siquiera a los músicos. Pues, querida Florence, algunos flows te llamamos Goddess Flo, pero… ¿qué sería de ti sin el resto de tu Santísima TriniMachine? No obstante, viví los dos conciertos de modo distinto, y a eso es a lo que voy:

A la crónica que ya escribí del de Barcelona solo tengo que añadirle un apunte que me sorprendió: el público de grada de mi sector. Sorprendentemente, se pasó las dos primeras canciones sentado, cosa nada habitual en la mayoría de conciertos de pop-rock a los que he asistido en el Sant Jordi. ¿No son ‘What The Water Gave Me‘ o ‘Ship To Wreck‘ lo suficientemente dramáticas como para levantarse y cantar de pie al mismo tiempo que se coreografían espontáneamente? Pues parece ser que para muchos, no, e incluso algunos pidieron a los que se habían levantado que se sentaran. No fue hasta que Florence invitó al público a levantarse en la tercera canción que la mayoría (no todos) de los ocupantes del sector 105 y 106 lo hizo. Barcelona, ¡¡¡que estamos en Spain-viva-la-fiesta-viva-la-noche-vivan-los-DJs, no en UK!!! Por otra parte, el sonido fue muy bueno y destaco, sobre todo, cómo lucían los vibratos de los temas de Ceremonials. Sin embargo, me faltó algo de energía, explosión acústica o amplitud sonora en ‘Mother‘, ese tema que lo oyes y dices: “Buah, tema fijo de cierre de concierto en un estadio de dimensiones considerables”. Quizás mi desilusión sea debida a habérmela imaginado así antes de hora, en un cierre brillante que pone punto y final a How Big, How Blue, How Beautiful de modo que, necesariamente, sientes la compulsión en tu interior de darle dos puntitos más de volumen al equipo de reproducción e imaginarte a Flo en una de sus carreras de punta a punta del recinto bañándose en las masas de flows mientras el coro se queda solo con su Uuuuuuuuuuuh uuuuuuuh final a partir de 04:50.

Dicen que la expectación y la ilusión que le pones a algo antes de que pase es lo que hace que disfrutes más ese algo, más que no el hecho en sí. Y eso es lo que me pasó para el concierto de Florence + The Machine en el Palacio Vistalegre, con una calidad acústica bastante inferior a la del de Bcn, pero mismo set, misma iluminación, mismos bailes, mismas bromas y contextualizaciones de canciones aunque más breves… Sin embargo, ese evento significaría mi encuentro con Mané López, aka Gustos distintos, con el que llevo la friolera de casi cuatro años hablando por el maravilloso mundo de internet y el que fuera el que me dio el último empujoncito para abrirme este espacio. Así pues, como ilusión y ganas no nos faltan, desde diciembre que compramos las entradas hasta el 17 de abril, tuvimos tiempo para montar el viaje, hacer que un poster llegara de un almacén en C/Pallars de Barna a su habitación en Málaga, previa odisea particular de la moi (pun intended), pensarnos el outfit, evitar vídeos en vivo (no spoilers, thanks) y desear que el bonus trackWhich Witch‘ se incluyera también en España.

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Ya en Vistalegre, desde las 14h (abrían puertas a las 19h), habiendo dormido 3h 20′ por haber escrito la crónica de Bcn y tener que llegar al aeropuerto in time, y con un buen chute de cafeína pa’ las venas, tuve tiempo de comprobar que el público de pista sería de lo más majo, entregado (se repetían los “Mi reina, mi diosa, mi queen” por doquier) y práctico (maravillada estoy aún de la colchoneta de playa de asiento).  Algunos madrileños estaban también realmente preocupados por qué haríamos cuando nos llegara “la llamada de la naturaleza” antes de entrar (?!). Ver llegar a Mané un rato después con su rebeca y sus calcetines de abeja fue para mí casi como cerrar un ciclo. Un ciclo que empezaba el 23 de marzo del año pasado con el lanzamiento de ‘What Kind Of Man, que seguiría con un análisis en tres entregas de una de las temáticas de How Big, How Blue, How Beautiful con el que – por desgracia entonces, por suerte ahora –  podía ver reflejadas ciertas situaciones reales con mucha facilidad y que llegaba a su culmen en el concierto de Vistalegre, con un Mané (¡qué poderío y vozarrón!) et moi même entregadísimos desde la primera canción (aunque si hay hambre, se hace un ‘Sweet-Croissant-Nothing‘ y aquí no ha pasado nada). Eso sí, nos mimetizamos con el entorno con unos detalles de purpurina faciales cuyos documentos gráficos solo saldrán a la luz cuando sea igual de famosa que Jennifer Lawrence, para así hacerme autopubli y tal.

Florence + The Machine en Palacio Vistalegre
Florence + The Machine en Palacio Vistalegre. Foto: Mª del Mar Suárez.

No voy a contar nada más del concierto de Madrid, puesto que, como casi siempre (menos cuando Mané se emociona con Halseys, Låpsleys y demás cantantes pop que termino por confundir), suscribo todo lo que Mané ya contó en su propia y detalladísima crónica. Solo voy a añadir que, al volver a Barcelona, tuve la misma sensación de vacío que cuando mi amiga Júlia y yo, en ocasiones acompañadas de otros amigos, vivimos intensamente la previa del 360º de U2 yendo a escuchar los ensayos en los alrededores del Camp Nou varias veces. Esa sensación de “¿y ahora qué?” when everything is over y que hace que ya esté buscando ese otro evento que vuelva a darle aceite al engranaje de la vida diaria y ponerle salsa a la no-tan-rutina que, al menos a mí, nos da energía día tras día.

Betty Belle y Miss Caffeina en una sala de serie B

Tras haber descubierto que estaban también en el cartel del Let’s Festival la banda Miss Caffeina (a cuyo álbum Detroit me enganché al instante por lo que tiene de poppy en contraste con sus trabajos anteriores), hice doblete y adquirí también la entrada para esa segunda sesión en la Sala Salamandra 2, cuya acústica parece un complot arquitectónico para herir de muerte hasta a Jean-Michel Jarre. Nunca mais.

Les hacían de teloneros a Miss Caffeina los catalanes Betty Belle, cuya música definen ellos mismos como “mapping musical que explora las texturas cálidas de la voz a través de sonoridades emitidas por máquinas e instrumentos.(…) La pasión del alma transmitida con la precisión de un artefacto”. Interesante… o no.

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Terror acústico aparte, es absolutamente cierto que el mundo es un pañuelo y que más vale siempre quedar bien que mal, que nunca sabes cuándo te vas a topar con quién y bla bla bla. Y es que, tras cinco minutos observando al miembro masculino del dúo, caí en la cuenta de que se trataba de Otger García aka Utgi, antiguo compañero mío de universidad. Catorce años han llovido ya. Utgi era (¿es?) un chico singular, de formación musical clásica que tocaba el órgano en una iglesia de Barna, que un buen día me hizo una mixtape en un de gusto exquisito y a quien el Requiem de Fauré le fascinaba porque es “un requiem feliz”. Cabría pensar que ese gusto exquisito sería también la marca de la casa de Betty Belle. Sería de esperar. Y aquí espero, in aeternum. Betty Belle ofreció al público unos 10 temas de su producción propia, inspirada también en temas iconos como, entre otros, “Mamy Blue” de Pop Tops cuya adaptación hubiera triunfado si no fuera porque los graves de la distorsión vocal añadida fueron tales (sumados al despropósito acústico de la sala de calibre temerario) que despertó un “¿Pero qué es esto?” de una de las asistentes. Y no fui yo. Palabra.

La interacción con el público, impasible hasta el tercer tema, no cuajó demasiado durante los tres primeros cuartos, debido probablemente a la disposición de la mesa de trabajo del dúo, en horizontal con el público, creando así una barrera más allá de lo físico. A esto, cabe añadirle el hecho de que en ocasiones, además de las risillas y  bromas internas entre el dúo de las que el público estaba excluido, los componentes estaban más pendientes de la única pantalla de ordenador central que de lo que realmente estaba pasando en la pista. Los momentos wtf culminarían con una distorsión suprema de “All That She Wants” de Ace of Base (con unas cuantas risas y otro “¿Qué es esto?”) y un Shaker con bailarinas ataviadas, como en el vídeo del mismo tema, a lo Jane Fonda que, junto a Tutu, la voz femenina del dúo, abandonaron el escenario para encontrarse con poca pista y menos baile. #intertextualidadpelínrandom

Betty Belle no suenan mal en álbum, tienen su punto cheesy-freak con estilo elegante y una respetable muestra del abanico melómano de los componentes del grupo. No obstante, les faltó ese punto de azúcar que hace que una simple cuajada se convierta en postre digno, ni que sea, de una Salamandra 2.

Y llegó el momento de Miss Caffeina, con la sala ya llena hasta arriba. El volumen del bajo de Antonio Poza y la guitarra de Sergio Sastre,  con una altura igual a la de los altocúmulos del espacio sideral (si es que los hay), deslució gran parte del tiempo los vocales de Alberto Jiménez. Ataviado con pantalones de vestir gris, zapatos de charol y calcetines rojos, Alberto tuvo que lidiar con problemas con los micrófonos durante los tres primeros temas y acoplamientos en los tres siguientes, eso sí, con aplomo y aguante. Los pads de Nacho, nuevo batería del grupo, tampoco corrieron mejor suerte. Atrocidades acústicas aparte, Miss Caffeina tuvieron una buena actuación en que repasaron tanto temas del álbum que presentaban como los antiguos. Abrieron el concierto con “Venimos” (wink wink), un tema de su segundo álbum, a la que siguió la epónima con el tercer álbum “Detroit“. Sin embargo, si fuera por el público, era difícil distinguir qué tema era más antiguo que el otro, pues todos los temas fueron coreados con precisión milimétrica, gracias a esos malditos adelantos que invaden las redes y matan cualquier atisbo de sorpresa en ocasiones. Hito digno de destacar, no obstante, si tenemos en cuenta que Detroit, ese “álbum-viaje al pasado, presente y futuro”, no lleva ni un mes en el mercado.

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Siempre es de agradecer que en un concierto te contextualicen las canciones, y así fue en este caso gracias a las palabras de Alberto, quien a pesar de su amnesia ocasional que le hace decir alguna que otra frase sin sentido (“tengo pérdidas de memoria porque hace un año que no venimos” (?!)). Se trata de una amnesia que se manifiesta también abiertamiente en vídeos como este (01:04). Sea como sea, Alberto Jiménez tuvo el detalle de contarnos el por qué de Detroit, la ausencia de límites creativos impuestos y los atrevimientos de mezclas de estilo incluso hasta con reggaeton, que confesó que no baila ni en la intimidad (sí, claro…). Nunca es fácil presentar tampoco temas en versiones deluxe, pero así fue en el caso de Barcelona, donde se atrevieron con “Pasajero“.

Uno de los momentos más destacables de la noche fue precisamente el estreno en el territorio de la composición de Álvaro Navarro (guitarra) con su “Ácido“. Y es que ¿quién no desea a estas alturas del año que llegue ya ese “verano del amor” con su “sol flipante para todos”, estación en que “vas a enseñarme un paso o dos”?

Tras un amago de final con “Lobos“, llegarían los bises con “Hielo T“, “Oh! Sana“, canción en que defienden que la religión nunca decida por nosotros y, cómo no, el colofón con la más comercialMira cómo vuelo” en que el recurso recurrente (¡toma aliteración!) de “toco las palmas para animar el cotarro” hizo la última aparición de la noche y dejó al público con ganas de más, excepto para los que aprovecharon para seguir la noche en la Salamandra 2. ¿El tema para despedirse emocionalmente de los Miss Caffeina y dar entrada a la noche de baile cortesía del DJ de la Salamandra 2? “La revolución sexual” de La casa azul, en que “el verano del amor” también hace una aparición. * sigh *

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Bastante, Mucho y Second: producto nacional de calidad -Let’s Festival

Ayer era una tarde de esas de sofá, peli y manta, pero con eso de que la escena nacional es mi gran asignatura pendiente (siempre he sido más de Aussieland y UK, qué le vamos a hacer), vi que Mucho (con crítica positiva) venían de concierto y me dije, pues vamos allá, ¿no? 

Mucho no venían solos, sino que Let’s Festival se lo hizo venir bien para que los asistentes hicieran un repaso exprés de los adjetivos cuantitativos, uniendo en una sola noche a Bastante, Mucho y Second. ¿Que si conocía a Second y Bastante? Pues ni mucho ni poco. Casi nada. Me dirigía a la Sala Salamandra 1 tras un intensivo de semana y media escuchándolos, pero visto el entusiasmo del público mostrado por Second, se supone que al menos estos me tendrían que haber sonado. Oh well, no es pot estar a missa i repicant!

La entrada no especificaba si las 20:30 era apertura de puertas o inicio de concierto, por lo que sólo éramos tres pardillos contados con los dedos de la mano esperando bajo la lluvia desde las 7 y pico, lo que no tenía demasiado buen augurio. Y es que no fue hasta pasadas las 20:30h que abrían puertas. A las 21:10 salieron los miembros de Bastante al escenario. Este grupo del “extrarradio Barcelonés a caballo entre el pop mas melancólico ochentero y las guitarras pesadas del grunge de los noventa tuvo trabajo para animar a los más o menos 150 presentes en la sala, con aforo para 850. Fue en el cuarto tema, “Hombre veleta“, cuando el público empezó a mostrar complicidad con la banda, aunque Bastante tenía a su público fiel que coreó y bailó los 14 temas publicados en su La sonrisa de Melmoth y Verter el vacío desde el primer minuto. Siendo sus temas desconocidos para la mayoría, Bastante se atrevieron a presentar un tema nuevo en que mostraron su lado más indie-Phoenix-ero. Si algo tenemos que achacarle a Bastante es el hecho de que en los momentos en que la guitarra y la batería tomaban protagonismo, se hacía dificultoso entender la letra. Por lo demás, tienen un aire (que no estética) grunge interesante y disfruté sobre todo los temas más melódicos.

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Vocalista y guitarra de Bastante

Aunque anunciados por Bastante como Second, llegó seguidamente el turno de los manchegos Mucho, a los que tenía muchas ganas de ver, pues mi gran pregunta era: ¿cómo se lo van a montar para interpretar letras-protesta con lindezas como “¿Os podríais ir todos a la mierda?”, “puedes ser el más moderno pero el día de tu entierro no te llorará ni Dios”, “¿Por qué la mierda se disfraza de oro?” o “Tú qué dices hablar catalán en la intimidad” con ese sonido tan de sintetizador “cósmico-sideral” que ofrecen? Pues con un acercamiento físico de los músicos al público – con la sala ya medio llena-, un descaro expresivo importante del cantante (Martí Perarnau) y una profunda inmersión/complicidad del grupo (los cuatro “motherfuckers”) sobre todo en las líneas melódicas de los teclados (Víctor Cabezuelo) que elevaron el espíritu de los asistentes hasta el infinito y más allá. Mucho nos tuvieron a unos cuantos (compañero de lluvia de al lado con jersey azul y camiseta blanca, si lees esto, ¿¡Hola qué tal!?) balanceándonos y moviendo los pies desde el primer momento y durante los 11 temas que repasaron su discografía. No obstante, se centraron en la presentación de su último álbum, Pidiendo en las puertas del infierno, con más “cosmicidad, negritud y rabia” que sus trabajos anteriores y con un alto grado de improvisación, como en el vídeo de presentación.

El resultado fue lo que en multimodalidad llamaríamos una discrepancia sonido-letra que conduce a una reacción del público sorprendentemente cómplice. Mucho pueden dar mucho que hablar.

Y llegó el tercer grupo, Second. Y ahí La Salamandra 1, ya llena, se hundió. Despiporre con señora en sujetador y haciendo el símbolo del corazón con las manos incluida. A darlo tó. Si Mucho se acercó al público, lo de Second fue fusión total con su Viaje iniciático. Directazo en mayúsculas, el de los de Murcia, con casi 20 años de carrera a sus espaldas, que por algún lado se tienen que notar: desde la presencia en el escenario, la profesionalidad, los golpes de efecto mesurados de Javi Vox, los me-tiro-por-el-suelo-cuando-toca del guitarrista Jorge Guirao, un Nando Robles (bajista) cuya pose recuerda a la de Alex James de Blur, un baterista (Fran Guirao aka Andy García en joven y guapo) que dirigía el cotarro y animaba al público con sus subidas y bajadas y, finalmente, ese temple serio  a la vez que enérgico de la voz de Sean Frutos, de sonrisa escasa, que tenía muy claro que L’Hospitalet no es Barcelona. Respect. La energía era tanta que fue casi imposible tomar una foto sin que saliera movida. El público, entregado, no sólo coreaba los “uoooooooooohhhh, aaaaaaaaaaahhhh” de las letras sino que incluso vivió intensamente el nuevo tema “Donde vive el vértigo“, pues por mucho que los de Murcia se atrevan con innovaciones, está claro que mantienen su esencia, esa inconfundible virtud de Second que los convirtió en los grandes triunfadores de la noche.

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Los Second serán los primeros.

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