Vetusta Morla dan el salto al Palau Sant Jordi

“What’s not to love about Vetusta Morla?”. Eso era lo que me preguntaba ayer una y otra vez a lo largo de su actuación. Vetusta Morla, un grupo de indie rock que se ha labrado un lugar destacado entre las marisma que es el panorama musical español actual, dominado por el reggaeton, el-anillo-pa’-cuándo y demás fruslerías, pasaban de actuar en el hermano pequeño del Palau al hermano mayor, para presentar Mismo sitio, distinto lugar. O como diría el mismo Pucho (cantante del grupo) “Mismo lloc, distinto lloc”, evidenciando así la imposibilidad de traducción precisa del título de su último álbum en ciertas lenguas.

Vetusta Morla Palau Sant Jordi 2018
People’s power (Vetusta Morla – Palau Sant Jordi)

No llenaron el Palau Sant Jordi, pero casi. No tocaron todas las imprescindibles, pero casi. No bordaron todas las canciones (ay, ese chirrío de guitarra en “Copenhague”), pero casi. No revisaron los arreglos de todas las canciones de los álbumes anteriores (a veces para mejor, a veces un poco demasiado), pero casi.  Lo que sí quedó claro es que, como ya dije anteriormente, yo quiero ir a bailar con Pucho y Jorge González un día. O dos. Comentario frívolo aparte, Pucho demostró una vez más que no canta, interpreta, siente, interioriza, experimenta, transmite. Y que solo por eso vale la pena verlo desde primera fila.

Vetusta Morla es una banda con conciencia del sitio y del lugar. Sin entrar totalmente abiertamente en partidismos, se constató allí, en un catalán admirable (y no solo con un “Bona nit, Barcelona” y un “gràcies” para cubrir el cupo del quedabién), la necesidad de diálogo y de acción, y de defensa de la identidad de los pueblos, especialmente si se ven atacados por el expolio. Rings a bell. Vetusta Morla es también un grupo notablemente agradecido y claramente pro-igualdad. Nada habitual son tampoco los agradecimientos que van desde el equipo de sonido hasta la discográfica, destacando su composición cien por cien femenina, pasando por escenografía, equipo técnico y management.

Mismo sitio, distinto lugar sigue la línea iniciada en los primeros álbumes de Vetusta en cuanto a las letras: la conciencia social, la sacudida emocional, la crítica histórico-político-social, las incongruencias inevitables de la vida son la línea común de las letras de esta formación. Vetusta con letras populeras no pasaría de ser uno más del montón, pero lo que remueven en el interior de sus seguidores va más allá de un “cómo molan”. La petición de baile de los asistentes en “La fiesta mayor” no era más que una fórmula para hacer levantar al personal que todavía no lo había hecho, mientras entonaba líneas como “Te llevaste la solución / Y me quedé el interrogante”, que de bailonga, poco tiene. Los llamémosle experimentos sonoros de MSDL levantaron igualmente los espíritus con “El discurso del Rey” (no hace falta que dises nada más), “Te lo digo a ti”, “Palmeras en La Mancha” o “Consejo de sabios”. Una agitación de mentes pero sobre todo de emociones, que explosionarían, al menos en mí, con la siempre conmovedora “Copenhague” (lloré, sí, lloré), con la constatación del engaño que nos rodea de “Golpe maestro” (de la que cambiaron la letra por “y la patrulla no nos dejaba ni votar“), con la sugerente “La mosca en tu pared”, con las complementarias a mi ver líricamente hablando “Mapas” y “La Deriva”, y cómo no, con el tema de cierre que ya viene siendo habitual “Los días raros”. Fue ahí donde el Sant Jordi culminó en plena comunión consigo mismos y con Vetusta. Como siempre, a sus pies.

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Lana del Rey, que no la reina, en Bcn

Lana del Rey lo tenía difícil conmigo tras haber vivido el espectacular concierto de Roger Waters solo unos diítas antes. Sin embargo, consciente de que uno debe medir con los estándares adecuados en cada situación, me dirigí al concierto de la americana con el previo ejercicio de abrir la mente y ser muy indulgente.

Que los primeros conciertos de Lanita eran un despropósito no es ningún secreto. Pero seis años han pasado ya desde que empezara a convertirse en una figura conocida, tiempo suficiente para aprender a cantar, que ya es algo. De hecho, es mucho. Pero ahí queda la cosa. Lana canta. Lana sabe coordinar, en ocasiones, movimientos con música. But that’s about it. 

Lana del Rey

Tuvieron que pasar 10 canciones hasta que aquí mi alma cándida se adentrara y conectara levemente con lo que estaba sucediendo en ese escenario con ese montaje de especie de playa selvática, en el que cuando Lana se tumbaba, surgían berridos de los fans más hardcore. Esa especie de hippie-colgaos con diadema de flores y los que, por alguna razón, han entrado en esa mística setentera extraña que gasta Lana, mística química incluida, sobre todo en pista. Las gradas las medio-ocuparían, además de fans de la especie suelto-berridos-a-cada-contoneo-de-Lana, parejas que, quién sabe puede que escuchen su música como antaño se escuchaba a Marvin Gaye. Y ahí lo dejo.

Lana del Rey venía a presentar su quinto disco, para nada el mejor de su carrera. Pero poco importa, porque en ausencia de evolución musical, se hace difícil situar las canciones en los álbumes. Eso poco importa cuando decides ponerla en loop en casa (been there, done that), sobre todo cuando te da por autoflagelarte en el sentido sano de la palabra (si es que lo tiene) para no parar de llorar hasta la catarsis (sobre todo con ‘Ride’, oh my!). Pero aún estoy esperando experimentar algún tipo de emoción del estilo proviniente de la puesta en escena o de la actuación de ayer. El bótox no ayuda. Las inyecciones de colágeno tampoco. Muñequitas guapas del mundo, that is not the way. Los reverb, ayudan menos aún.  Potencial lo había, sobre todo con un set list que incluso contemplaba ‘Lust for Life’, la colaboración con The Weeknd y no olvidaba ninguna de mis preferidas (‘Summertime Sadness’, ‘Young And Beautiful’, ‘West Coast’ y ‘Ultraviolence’). Pero ahí quedó la cosa. Son temas que marcan en disco, contenedores de un dramatismo en mayúsculas, pero ese dramatismo solo se pudo vislumbrar allá a lo lejos en ‘Ultraviolence’, ya casi en el cierre del espectáculo. Algo tendrá Lana con este tema que no tiene con los otros. O si no, no me explico la imperturbabilidad generalizada de Lana de este jueves y mi indiferencia como consecuencia. Cabe decir que la calidad del sonido metálico y en ocasiones con eco de un Sant Jordi con un cuarto de gradas para llenar tampoco ayudó.

No siendo de las que chillan cuando una artista se monta en un columpio o cruza las piernas montada en un taburete, no pude más que recurrir a las conexiones en mi memoria con los momentos vividos en casa al son de Lana del Rey para poder sacarle un poco de provecho a un concierto hecho a la medida de los fans, incluidos las peticiones de canción y reconocimiento al séquito que persigue a Lana venidos desde California y Chicago, y del que poco más se puede salvar.

Cigarettes After Sex… o lo que surja

“Música para follar”. Así definieron en Notodo, Jenesaispop y en muchos otros lugares cibernéticos el trabajo debut de los Cigarettes After Sex.  La verdad, no lo he probado (soy más de… bueno, de lo que sea), pero sí  es verdad que preparándome escuchando su disco homónimo para su concierto de este miércoles en la Sala Apolo me puse tonta. Muy tonta. Demasiado tonta.

cigarettes after sex

Creía poder curar la tontuna suprema que arrastraba encima durante su actuación en la Sala Apolo, que presentaba un sold-out de hacía semanas, tras el cambio de la 2 a su hermana mayor. Pero no fue así. ¿Estuvo el concierto bien? Sí, pero tampoco para tirar cohetes. ¿Hacía falta empezar 15 minutos tarde? Pues no. Tener a una pareja de amigos comentando la jugada gran parte del rato tampoco ayudó, también es verdad. Pero, a diferencia de otros muchos conciertos, a los que voy sola y ya me basto, quizás hubiera estado bien tener a alguien a mi vera. Who knows. O quizás tampoco así.

Que sí, que la atmósfera se creó de escenario negro iluminado por luz blanca, con vídeos acordes, y vestuario también negro (con esos toques de cuero que… bien, ya tú sabeh) fueron de lo más oportunos.  Melancolía y evocación fueron una constante, con temas muy celebrados por los asistentes, como con K y Apocalypse. Del final, me sorprendió ver a gente abrazada, como si justo terminaran de vivir una catarsis colectiva. Woah menos uno. Yo.

Greg González nos sorprendió con esa voz de radiofonista de noche que contrasta con su voz de casi-mujer al cantar, así como con su presencia absorta, al igual que la de todos los demás componentes, destacando ese bajo que da cuerpo a todos y cada uno de los temas y una batería sutil que no cesa. Sin embargo, un poco más de interpretación de parte de González no hubiera estado de más. O quizás no hacía falta si de lo que se trataba es de que cada uno se montara lo suyo. Solo o acompañado. Ya tú sabeh.

Sea como sea, el directo no supera el disco. Disco que siempre he escuchado sola. Quizás sea hora de hacerlo acompañada. O de darles otra oportunidad en directo… Aunque vistos una vez, no creo que puedan ofrecer mucho más, de seguir en la línea de música en la que se mueven. Pues lo suyo en directo parece ser que es música para eso, para lo que surja.

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¡Oh, Lorde! ¡Qué bella es Ella!

Lorde aterrizaba por primera vez en Barcelona este año, tras esquivarnos en la gira de su álbum debut, Pure Heroine. La que escribe tenía la esperanza de que viniera entonces ni que fuera a una Apolo, como hizo la también kiwi Kimbra, pero no fue así. Sus seguidores, no obstante, vieron cumplido su sueño este pasado lunes en el Sant Jordi Club, con un show de presentación de Melodrama. Un espectáculo de una hora y media que resultó a poco, pues un concierto excelente sin necesidad de parafernalias superfluas siempre sabe a aperitivo solamente.

Lorde

A punto de cumplir los 21 (como gran parte de su público), si algo me impactó nada más verla entrar en el escenario es lo bella que es Ella Marija Lani Yelich-O’Connor. ¡Oh Lorde! Por otra parte, cualquier temor que pudiera tener de exceso de influencia de su ya no tan amiga Taylor Swift se desvaneció viéndola bailar con su peculiar estilo, con una amplia sonrisa permanente, un vigor constante y un emotivo parlamento, dirigido no solo a los fans del lugar sino también a todo aquél que, como ella, en algún sentido se ha sentido o bien demasiado, o bien demasiado poco, como bien explica en su segundo álbum, Melodrama. 

La escenografía, sencilla: un televisor un pelín demasiado cerca del suelo que marcaba los interludios del concierto, unas luces a modo de ramal de flores que combinaron perfectamente con los girasoles gigantes que le proveyeron unos asistentes y dos bailarinas destacables pero que poco interactuaban con Lorde. Hubo también tres cambios de vestuario siempre muy en la línea de Lorde: un traje chaqueta negro que para nada refleja la figura que se percibe de la cantante en televisión, un vestido fresco blanco y lentejuelas variadas para el fin de fiesta. Un fin de fiesta que dejó al público con la certeza de haber presenciado un espectáculo fresco a la vez que estudiado y con una calidad destacable que no hace más que confirmar que Lorde tendrá solo dos álbumes, por el momento, pero su talento promete una carrera extensa, lejos de ser un fenómeno de usar y tirar.

Voy de frente cuando reconozco que la dificultad vocal de los temas de Lorde no es equiparable a las competiciones de deportista de élite, pero ello no desmerece ni su calidad vocal, ni su puesta en escena, ni su profesionalidad con el loop. Aun con una producción y calidad sonora cuidada, el Sant Jordi Club amilanó quizás los silencios que aportan fuerza y efecto “momentum”, especialmente en “Melodrama”, pero todo ello pasó desapercibido para el público, en todo momento entregado, respetuoso y conocedor del mundo Lorde. Efectivamente, no hubo sold-out, pero los allí presentes saben que Lorde no entra fácilmente, pero cuando entra, lo hace para quedarse.

No puedo darle más que las gracias por empezar con “Homemade Dynamite”, que aquí la que escribe había tenido todo el santo día martilleándole el cerebro. Muerto y dinamitado el tema, Dy-dy-dy-dynamite dio paso a, ¡oh Lorde!, la inesperada “Magnets“, con la que colaboró en el último álbum de Disclosure. Si la noche era evidente que había empezado por todo lo alto, los ánimos no bajarían en ningún momento. Puede que echara de menos la hunger-gamesiana “Yellow Flicker Beat”, cuya impactante interpretación en los AMAs del 2014 le dio motivos de sobra a David Bowie para decirle a Ella que estaba (y está) en el buen camino, a pesar de (o además de por gracia de) su descoordinación corporal tan genuinamente Lorde. No obstante, no me puedo quejar de la presencia de “Sober”, “Green Light” (con confeti de “Melodrama Forever” incluido), “Buzzcut Season” (mi preferida, de lejos, del álbum debut), “Liability” o la más-que-trallada “Royals”. Si no sales de un concierto pensando que le has encontrado una nueva lectura a algún tema, algo (malo) pasa. Nuevamente, no fue el caso: lo acartonado de “The Louvre” pasó totalmente desapercibido para dar lugar a un tema que, sin duda, creó una burbuja sonora y clamorosa en el recinto, como lo hizo también “Perfect Places”.

No sabemos si el Sant Jordi Club fue un “perfect place” para Lorde pero, sin duda, lo fue para lo que ha sido uno de los mejores conciertos de este año en la Ciudad Condal. ¡Oh, Lorde!

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Enormes Foster the People en Razzmatazz

Lo mejor de ir a un concierto sin expectativas (y sin haber investigado para nada el directo del grupo en cuestión) es que te puedes llevar una sorpresa. Es más, te puedes llevar una grata sorpresa.  Tan grata como la del concierto de presentación del tercer trabajo de Foster the People, Sacred Hearts Club, del que salí diciendo: ¡Enormes Foster the People!

foster the people

Foster the People, siguiendo la moda de sacar adelantos de álbumes aún por publicar (Sacred Hearts Club saldrá el próximo 30 de julio), han hecho ya cuatro adelantos del álbum (si es que el EP III lo es también), uno de los cuales, ‘Loyal Like Sid & Nancy’, sirvió como pistoletazo para el inicio del concierto. Se atrevieron también con III al completo. Una lista equilibrada, con lo más representativo de los dos álbumes anteriores (Torches, 2011; Supermodel, 2014), en la que tampoco faltó un tema favorito por muchos del Supermodel (‘Coming Of Age’), y otros éxitos de su álbum debut, como son ‘Houdini’, ‘Don’t Stop’ y la archiconocida ‘Pumped Up Kicks’, de la que te das cuenta una vez más que porque sea la más famosa no tiene que ser tampoco la más representativa de la banda musicalmente hablando. No obstante, los temas de Foster the People “engañan”, pues bajo la aparente alegría y energía melódica se esconden críticas sociales contundentes, como es la del tema de marras y el mensaje que lanzó Mark Foster hacia el final del concierto.

Y hablando de Mark Foster (y obviando otros aspectos como luces y puesta en escena, pues un Razz da para lo que da y lo que da lo aprovecharon bien)… ¿es políticamente correcto decir que es el p*t* amo? ¿Me dejáis? Pues, ea. El tema es que hace nada que he hecho un curso de liderazgo y comunicación en el aula en el que se hacían paralelismos con estilos distintos de directores de orquesta. Esto es lo que me lleva a decir, aunque aplicado a un contexto distinto, que el joven de 33 años merece el título de Mark-the-Fucking-Boss-Foster. Como cualquier buen líder, es asertivo sin ser excesivamente autoritario. Además, disfruta como un niño en el escenario, lo que invita a la motivación del resto de la banda. Reconoce los talentos ajenos y los destaca en su justa medida a la vez que intenta que pasen desapercibidas las flaquezas (un botón del teclista desconectado por descuido ajeno). Su expresión inicial puede que sea un pelín seria sin llegar a la mala leche, ya que lo que transmite es una confianza exacerbada en lo que hace. No es tampoco para nada disonante con la del resto de miembros y es maleable a la situación, comunicando así su acercamiento al público a la vez que se mantenía en su isla interpretativa. Su autoridad jerárquica (para algo es el frontman) y de conocimiento se justifican con su trabajo de compositor y su calidad vocal, con la que no escatima ningún esfuerzo. Sobre su disposición, pues bien, solo hacía falta ver el sudor fruto de la pasión puesta en cada una de las frases melódicas y en el control del conjunto para ver que su disposición va más allá de montar un espectáculo e irse para casa, que mañana será otro día. Pero para mí, lo más importante de todo y que destaco de Mark Foster es que comparte una meta común con la del resto de miembros de su banda (además de seguir ganándose el pan, claro está): ofrecer un espectáculo robusto, contundente, de una maquinaria perfecta, con un trabajo detrás que no es de un día ni de dos, dejando espacio para el disfrute grupal y para la creatividad individual, dotando así a los miembros de Foster the People de una labor con significado global. Lo dicho: ENORMES.

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Escuchando Elefantes presentan Hope en la Continental

Que un grupo telonero te llame tanto la atención como para querer saber más de ellos ya es un mérito de por sí. Y más después de verlos solo unos diez minutos, pues no sabía que uno de mis cantautores favoritos, Glen Hansard, los llevaba de teloneros. Así pues, tres fueron los temas que hicieron decidirme ir a ver Escuchando Elefantes el pasado sábado en la Continental de Barcelona, sala de distribución kafkiana donde las haya.

escuchando elefantes

Escuchando Elefantes son un dúo de músicos callejeros de folk-rock formado por los gallegos Sílvia Rábade y Carlos Tajes y que acumulan en su CV, además de tres álbumes (la gira actual es de la presentación de su tercer álbum, Hope), el haber actuado junto a otros de músicos conocidos irlandeses como son, además de Glen Hansard, Bono, Damien Rice o Sinéad O’Connor.

Este dúo se caracteriza por su espíritu de cantautor callejero y se vale de solo dos instrumentos, batería y guitarra eléctrica (y sus correspondientes variantes, a veces alternándose entre ellos) para la ejecución de su repertorio en directo. De Escuchando Elefantes destacamos la voz de Sílvia y lo bien que empasta con la de Carlos, además de su sentido del humor y humildad. Todo ello se percibió nada más empezar su actuación, que abrieron con ‘Under The Sun’. Sus temas, en inglés, no son para nada tan melancólicos como los de un Angus y Julia Stone, por ofrecer algún paralelismo, pero pueden llegar a tocar y emocionar, como le ocurrió a la que escribe nada más empezar el cuarto tema de la noche, ‘Over’.

Si algo tienen los locales pequeños es la sensación de cercanía que se puede crear casi instantáneamente para con el público, sensación que, al parecer, no están tan acostumbrados a fomentar en las redes sociales (dixit el propio dúo). Silvia y Carlos, no obstante, la mostraron en persona en numerosos momentos, empezando por  el sondeo de porcentaje de gallegos en la sala y quiénes habíamos estado en el concierto de Glansard, y continuando por homenajear (u ojomenear, quizás) al fan pesado de Instagram que reclamaba un tema, ‘James’, del que resultó no saberse la letra. Y sí, efectivamente, sí, había alguien tomando notas para una “review”, como se preguntaba Carlos, y estaba situada en donde supuestamente peor se oía el concierto. Esa alguien era yo, mismamente. Encantada, Carlos.

La sensación de cercanía se potenció también cuando, volviendo a sus orígenes, el dúo quiso interpretar en acústico, entre los cuales incluyeron, además de ‘Sing Me A Song’, una versión de ‘Bohemian Rhapsody’ de Queen de la que quizás fue un pelín ambicioso querer rendirle homenaje con una versión medio-improvisada, como tampoco parecían acabarse de entender Carlos y Silvia en los falsos finales de ‘There Will Be Joy’. Nada más allá de un lapsus que supieron arreglar con celeridad.  Si algo tienen sus referentes también, es hacer participar al público en los diálogos, cosa que no faltó, como en los coros, previa lección exprés. Fue así cómo cerrarían la parte principal del concierto con ‘Burning Down The House’ y con un buen sabor de boca que dejaron al cerrar la noche con ‘The Rain’ tras hora y media de actuación.

De la calidad del sonido no nos vamos a quejar. De hecho, de negativo solo diría que no se entendía a Silvia cuando hablaba, pero por lo demás, todo correcto. De lo que sí me vais a dejar protestar es de la sala en sí, cuya escalera de salida de emergencia entre el público y el escenario por una parte y la barra de considerable tamaño situada en diagonal que ocupa gran parte de la sala dejando, a su vez, esquinas ciegas con la columna bloqueadora de cortesía hacían casi imposible ver nada de lo que estaba ocurriendo en el escenario más allá de la tercera fila. Las pantallas de televisión retransmitiendo el concierto salvaban la situación a la par que aumentaban el surrealismo de la cuestión. Es precisamente por la sala donde tuvo lugar el concierto que me encuentro en estos momentos a punto de publicar esta crónica y no de fiesta viendo a los Julieta Jones, que seguro que están a punto de petarlo allí mismo. Y mira que tenía ganas ir a verlos. Pero, qué queréis que os diga: en retrospectiva, hubiera preferido invertir los 10€ de la entrada de Escuchando Elefantes en otra sala, y por eso me espero a ver a los Julieta más adelante. Otra vez será.

Sea como sea, Escuchando Elefantes, valgan 10€, valgan más sus entradas, bien se merecen una visita por alguno de sus conciertos, ya sea en la calle o en locales pequeñitos, como les gusta a ellos, ya sea en un festi, aunque no les motive tanto la idea pero con un mínimo de visibilidad garantizada. Sea como sea, verlos fue un fantástico regalo de cumpleaños para mí el sábado pasado. El plan de verlos “buskear” en Dublín en Nochebuena con Hansard y Bono es también, cómo no, algo a considerar como regalo de Navidad original.

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Coldplay y la alegría multicolor de ‘A Head Full of Dreams’

Coldplay convierte indiscutiblemente el Estadi Olímpic en una gran fiesta multitudinaria, vitalista y multicolor.

coldplay a head

Una última vuelta de tuerca al tour de Mylo Xyloto. Así podríamos definir la gira A Head Full of Dreams, que trajo el último y controvertido álbum de Coldplay e hizo vibrar a todo el Estadi Olímpic Lluís Companys (y, según varios pajaritos, también a parte del Poble Sec y el Raval) durante la noche del jueves y del viernes durante dos horas.

Esta era ya la tercera vez que veía a los británicos (las anteriores fueron para el X&Y en el Sant Jordi y para el Mylo Xyloto en el Calderón tras incomprensiblemente – o no, ya que estaba en plena tesis y vivía en un mundo paralelo –  perderme el de Viva la Vida or Death and All His Friends, en el Olímpic en el 2009), por lo que mis expectativas fundadas eran altas en algunos aspectos y no tan optimistas en otros. Además, empecé mal el día en relación al concierto: unos cambios de última hora hicieron que mi ilusión por el evento bajara a menos mil y el retraso en la coordinación en la hora de entrada hizo que todo lo que viera fuera a través de pantalla. Nota para futuros acompañantes: Mª del Mar, aquí la moi, es a) de máximo segunda gradería; b) de primeras filas aunque haga falta hacer cola durante horas; c) de ultimísima fila, en que el ángulo y distancia respecto de las cabezas de delante te permite verlo todo. Cualquier otra opción que contemple sucedáneos o medias tintas queda directamente descartada. Vaya por delante también que asistí al concierto del jueves y que fuentes fiables me han confirmado que el del viernes estuvo mejor en cuestión de calidad sonora.

A lo que iba, pues. Las expectativas de grado medio, partiendo de la experiencia previa, se debían, precisamente, a Chris Martin: un gran líder de banda, sin duda, pero con una voz que no es nada del otro jueves aunque por fin haya aprendido que no por mucho estirar el cuello se llega a las notas altas. Líder que no es la primera vez ni la última que para un tema en medio de un concierto porque no sabe por dónde va (efectivamente, volvió a pasar). Las altas: el espectáculo en sí, pues Coldplay han ido in crescendo en ese aspecto (exceptuando la mini-gira del paréntesis de “¡Ah, qué lamentosos son los efectos del pasado en el presente y del amor incondicional!” que se gastaban en el mini-tour con Ghost Stories, publicado en 2014), convirtiéndose así en una banda capaz de hacer vibrar un estadio lleno hasta la bandera como es el Olímpic en masa, al unísono, cantando y bailando como si no hubiera mañana tal que fiesta de la alegría y la felicidad, ah ah ah ah. Todo ello, gracias a cuatro elementos clave: 1) unos temas cada vez más y más bailables, aunque no por ello de mejor calidad que los anteriores o que sus paralelos en otras bandas actuales, ni mucho menos; 2) la disposición del escenario en varias unidades con su correspondiente pasarela; 3) un espectáculo lumínico y audiovisual que quita el hipo; y 4) la interactividad -que no tanto interacción por mucho castellano que hablara Martin (Gwyneth Paltrow hizo los deberes como tícher) – a través de las pulseras lumínicas y sonoras, recurso ya utilizado por la banda anteriormente.

coldplay visuals

Efectivamente, esta es la gira de A Head Full of Dreams (2015), ese álbum en que cualquier rastro del Coldplay de Parachutes (2000), A Rush of Blood to the Head (2002) y X&Y  (2005) desaparece casi que por completo para hacer que Coldplay se convierta en un grupo con temas pop ultrapegadizos, de estructura predecible y muchísima más producción que en obras anteriores. Producción que se trasladaría en música enlatada para el directo, pues cuatro músicos en el escenario dan para lo que dan. Para los más puristas y fervientes defensores de los primeros álbumes de Coldplay, este último álbum es un truño de álbum regularcín pero que, escuchados todos los álbumes de la banda en conjunto (sí, es a lo que me he dedicado hoy antes de ponerme a escribir esto), se explica como una evolución lógica aunque no por ello completamente sensata. Hasta que lo vives en directo y aprehendes que veinte años de carrera dan para mucho cambio, colaboraciones y adaptación a los tiempos incluidas. Asimilas también que si tu objetivo es darle de comer a tus hijos y a los de la gente que trabaja para ti manteniendo o superando el listón conseguido en giras anteriores, tienes que llenar estadios manteniéndote atractivo para un público que abarque tanto a tus fans de siempre como a los nuevos jóvenes. Y en ese contexto, el pop que han ido incorporando Coldplay progresivamente o cualquier variante rock is the way to go. Me pregunto si Coldplay hubieran sido capaces de llenar un Estadi Olímpic dos noches seguidas con 7 álbumes del estilo de sus dos primeros sin que decayera el ritmo. Y me aventuro y oso decir que la respuesta es un no rotundo. Además, Coldplay se presentan en este tour con un set list orquestado de manera tal que no da lugar a ningún bajón aun tocando, a petición del público ‘Don’t Panic‘ o ‘Trouble, ambas de Parachutes (ains, que tendría que haber ido el viernes para esta joyita)… hasta que la banda se tiene que trasladar a otro mini-escenario y se produce el silencio en uno de los traslados. ¡Craso error! No obstante, y de aquí también el éxito de las plataformas, los miembros de Coldplay se mostraron unidos y cercanos al público en estas plataformas, aunque no tanto en el escenario, de grandes dimensiones pero que veía a Will Champion, Jonny Buckland, al guapérrimo de Guy Berryman y a Chris Martin cuando no le daba por la vena saltimbanqui-planeador, apelotonados, y casi estáticos, a lo que ya nos tienen acostumbrados. Salvo estos menos y el sonido amortiguado de las primeras frases musicales que sonaron el jueves y que me encogieron el estómago temiendo su eternización o la repetición de lo ocurrido en el Estadi también en 2008, el ritmo no decayó.

guy berryman + other members

Y vayamos al set list, que cubrió casi todas mis necesidades básicas aunque echara de menos ‘Politik‘, ‘Lovers in Japan‘ y ‘Talk‘ o ‘Square One‘, comprendiendo y asumiendo dócilmente que el tiempo es el que es (aunque Bruce Springsteen y Damon Albarn superen las tres horas de show, ehem). Y es que me doy con un canto en los dientes de poder haber escuchado ‘The Scientist‘, ‘Magic‘ (aunque un pelín vacía), la simplona pero dulce ‘Ink‘, por supuesto ‘Charlie Brown‘ (que compensa la ausencia de ‘Lovers in Japan’), un remix de ‘Paradise‘ vía DJ Tiësto durante la que esperabas que en cualquier momento te saliera David Guetta pegando saltos por ahí y un snippet de la BonIveriana (aunque desconcertante por tratarse de Coldplay) ‘Midnight‘, que me encrespó los pelos. Me sobró, no obstante –  y no me peguéis- , ‘Heroes’ como tardío homenaje a Bowie.

Soy de las que, por más que lo intente no le encuentro la gracia al álbum A Head Full of Dreams dada su previsibilidad y, en algunos momentos, impostada frescura, por lo que no voy a celebrar sus virtudes aunque tampoco condenar que cayeran los singles, como era de esperar. Precisamente por eso, porque es del tour del que estamos hablando. Es más, diré que fueron indudablemente una pieza clave más (¿la que más?) para que fuera posible el jolgorio vivido en el Estadi por más de 50.000 personas en cada una de esas dos fechas. Abría el concierto el tema que da nombre al álbum y que aboga por tener sueños en la vida, un tema olvidable musicalmente pero que ya ponía las bases de la noche. Exceptuando  la lenta ‘Everglow‘, los demás cortes de A Head… (‘Hymn For The Weekend, la oldish-discotequera Adventure of a Lifetime con palmas espontáneas asincopadas del público y coreografía grupal, la calvinharrisiana ‘A Sky Full of Dreams‘- qué jolgorio, qué alboroto, otro perrito piloto- y el cierre con ‘Up & Up‘ como cierre a modo cool down pero no por ello menos edificante, optimista e inspiradora, no hicieron más que levantar a las masas e inyectarles una energía gravitatoria sin par. No obstante, sí que me voy a lamentar de que eso implicara también añadirle unos graves rarunos a ‘Clocks‘ que hicieron que las campanas relojiles no brillaran como las veces anteriores (¿debido también a las dimensiones del Estadi?) y un zumbido también raruno unido a una base rítmica hotchippera en ‘Fix You‘ que hizo que perdiera la esencia de la original aunque mantuviera la tan mítica carrera de Martin a lo largo de la pasarela. Me remito también a mis fuentes fiables para decir que el viernes estos dos temas recuperaron parte de su forma original.

Volviendo a los elementos clave, en cierto modo inseparables, destaco lo que da la forma y el hilo argumental a todo el espectáculo, independientemente del álbum de procedencia del tema que se esté interpretando: los visuales. El elemento que muestra ese pequeño a la vez que gran paso respecto del Mylo Xyloto, en que ya teníamos un piano “manchado” con pintura de colores que ahora da paso a un piano decorado a conciencia, la misma conciencia del diseño de vestuario y de las múltiples mandalas que se sucedían sin parar así como los diseños en 3D, los brillos y resplandores y los paisajes que quitaban la respiración. Más de un ‘ooooooooh’ al unísono se oyó ante la espectacularidad y vitalidad de los visuales que, sin duda, contribuyeron, junto a los confetis repetidos, a que incluso los temas de A Head Full of Dreams sonaran a grandes himnos (sin necesariamente serlo). Sin duda, el objetivo de Coldplay era que su público lo pasara en grande y lo lograron, puesto que, aunque su último álbum no te guste especialmente, es imposible no vivirlo al máximo en tal contexto, imaginándote estar bailando cual turista en una fiesta en la playa vestida de blanco, con falda corta vaporosa, ya sea con sandalias, ya sea descalza, y ataviada con collares de cuentas y plumas o, en su defecto, pulseras y pulseras de piel marrón trenzadas. Contribuían también a tales ‘ooooooh’, las luces y sonidos que portaban los asistentes en la pulsera distribuida en la entrada (y que se supone que es de Huelva), un recurso ya conocido por sus fans pero no por ello menos efectivo ni aburrido. Destaco también especialmente el juego de la cámara aérea de plano picado que creaba un juego fascinante con los filtros lumínicos a capas que se convertían en el falso suelo cambiante de los escenarios secundarios.

plano picado coldplay - copia

Puedo decir alto y claro que el tour A Head Full of Dreams salva el álbum y muestra fielmente la evolución, que no involución en sentido peyorativo, de Coldplay, adaptándose (¿a la vez que vendiéndose?) a las tendencias del mercado mainstream. Más allá del giro de tuerca experimentado desde el Viva la Vida y el Mylo Xyloto, cuando se le ha preguntado recientemente a Chris Martin ‘What’s next?’ ante sus declaraciones acerca de que A Head Full of Dreams suponía un punto y aparte para Coldplay, rumbo a un nuevo destino para la banda, su respuesta ha sido que harían un álbum de flamenco cantado en holandés, obviamente bromeando. Seguir en la misma línea de A Head… probablemente les crearía más detractores aún, algo a lo que no se pueden arriesgar. No obstante, viendo cómo han logrado conjugar con éxito su carrera en dos horas de concierto, me decantaría por un retorno al X&Y o al Viva la Vida o instalarme en un Mylo Xyloto que logre llenar estadios igualmente y haga vibrar y latir corazones a miles y miles de personas como pocas veces ocurre en tales eventos. Aunque, por mí, ojalá tiraran por lo experimental BonIveriano de lo que nos dieron muestra en ‘Midnight’ con toques electro, la fiesta estaría asegurada también. Sea como sea, Coldplay se confirman como una banda de estadios de manual, que se acompaña con un diseño visual espectacular y una gran maestría en el terreno interactivo/millennial acorde con su estadio generacional.

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*De telonera vi un trozo de la actuación de Lianne La Havas, que tendré que investigar…